Xavier Zubiri, Dios y la Filosofía – Primera parte (Introducción)

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Deleuze, en la parte “q” de questión de su entrevista-abecedario publicada póstumamente, reflexiona sobre la palabra “Pregunta” poniéndola en contraposición a la interrogación. En ese caso, una interrogación sería una acción banal y sin contenido filosófico relevante mientras que la pregunta supondría ir un poco más allá, tendría verdadero interés para la ulterior reflexión y no sería un mero pasatiempo o actitud conversacional ordinaria. Quiero comenzar esta serie de posts haciendo referencia a estas dos maneras de afrontar una cuestión, pues pueden dar lugar a diferentes tratamientos y perspectivas que cambiarán cualitativamente el resultado de nuestras investigaciones. Así, las cuestiones pueden atenderse desde una sola ciencia en particular o desde un conjunto de ellas. La primera posición requiere una disposición epistemológica del científico a la hora de abordar el problema que no es la misma que en el caso pluridisciplinar: es un monismo explicativo. A continuación ahondaré más en esa cuestión. En cambio, la explicación de sucesos por medio de varias ciencias (tanto naturales como sociales o humanas) requiere tener en cuenta que un holismo explicativo implica que haya relaciones entre las partes del problema susceptibles de su estudio a partir de esas ciencias, cosa que no implica que en todo momento el objeto de estudio deba estar bajo la atención de dichas ciencias ya que habrá momentos de la investigación en que sea suficiente con un acercamiento parcial e incluso otros momentos en que sea suficiente con ese monismo. 
La cuestión de la que nos vamos a ocupar en esta serie ha sufrido todo tipo de acercamientos, tanto desde las ciencias naturales como desde las ciencias sociales. A simple vista puede sonar ridículo que las ciencias naturales hayan de decir algo sobre este problema (no interrogación, sino pregunta) ya que su potencia explicativa se basa principalmente en la falsación y verificación de hipótesis, pero hay que tener en cuenta que el logos de esas ciencias ha cambiado, su discurso ha variado con el tiempo y lo que antes era alquimia hoy es química, lo que antes era atomismo hoy ya es física de particulas. Las preguntas que tales ciencias se hacen parecen ser las mismas mas no así sus medios para resolverlas. Existe, en cambio, un conjunto de “realidades” o cuestiones cuya intelección es costosa e incluso atrevida por esas ciencias naturales que pretenden dar una explicación a todo. Existe un más allá de lo real que ocupa espacio en nuestra vida ordinaria, cuya literatura abunda y cuyos problemas nos inquietan e inoportunan diariamente: es el espacio de lo que Dilthey denominaría Geisteswiβenschaften (ciencias del espíritu).
En efecto, existen una serie de problemas irreducibles al logos de la ciencia natural actual, problemas que requieren ser estudiados por su importancia para la humanidad y que, en cambio, se encuentran con una absoluta desconexión con aquellas ciencias prestigiosas y basadas en el método hipotético-deductivo. Uno (por no decir el principal) de los problemas más importantes ha sido la cuestión de dios.
Ríos de tinta han corrido sobre el asunto de dios a lo largo de nuestra era y de buena parte de la anterior. Se puede afrontar la visión que los autores tienen de dios atendiendo a sus sistemas de pensamiento (teología medieval, racionalismo cartesiano…) y a las influencias que en ellos ejercieron otros autores pero, ante todo, hemos de fijarnos en los influjos que su época dejó en ellos ya que las ideas son siempre hijas de su tiempo, y el filosofema dios, aunque pareciera una contradicción in terminis, ha variado de significado conforme han ido pasando los años.
Por ejemplo, al dios griego (más bien dioses) se le atribuía una serie de características que hoy, bajo la influencia del cristianismo y del catolicismo en concreto, no podríamos sostener por ser estas impías. La antropomorfización del dios griego era una expresión clara de aquello que decía Jenófanes de Colofón: “si los leones tuvieran dioses estos tendrían forma de león”. En fin, dios era una proyección de la forma de ser de cualquier griego: sentía rabia, se irritaba, se enamoraba, se equivocaba y, a veces, se enfadaba y mandaba matar a otros dioses que ocupaban el Olimpo. ¿Existía manera más patente y explícita de dar una guía al comportamiento de los antiguos griegos a través de los mitos y la referencia a los dioses? En su caso, la última respuesta la tenían los dioses, y esto fue así al menos hasta la época de Aristóteles. Desde su muerte, y de la mano de la pérdida de hegemonía de Grecia en el mundo, escuelas como la de los epicureístas y los estoicos tuvieron mucho que decir sobre el asunto de dios. El propio Epicuro proponía una suerte de ateísmo tranquilo: No hay nada que temer de los dioses ni de la muerte, además es posible soportar el dolor y lograr la felicidad. Epicuro, diluyéndose paulatinamente la importancia de Zeus y el resto de dioses para el día a día de los griegos, propondría una ética cuyo objetivo sería vivir como un dios entre los hombres. En época de Sócrates le hubiesen condenado por asebeia pero sus tiempos y principios eran otros. 
Más adelante, con el cristianismo, y en la época medieval, encontramos una serie de ideas ortodoxas sobre dios. El debate que esto permitía sobre el asunto era mínimo ya que todo aquello que salía de las reglas bíblicas sobre lo que era dios y sobre cómo era la relación del creyente con él se consideraba blasfemia. Dios, para la mayoría de los medievales, era una parte fundamental de sus vidas, el garante de sus derechos y de su dignidad como cristianos (aun es pronto para denominarles “individuos” ya que esta acepción no tuvo el significado actual hasta época moderna).
En la Modernidad se comienza a poner en duda el estatuto de dios dentro de la naturaleza y la vida del hombre, aquí comenzaremos a enfocar el pensamiento de Xavier Zubiri pues aunque este autor también estaba influenciado por la filosofía griega se encuentra más influenciado por los pensadores del siglo pasado: Heidegger, Ortega, Jaspers, entre otros.
A finales del siglo XX surgirá una idea desde el filósofo francés Gilles Deleuze que chocará con la concepción más elaborada del problema teologal y la realidad divina en Zubiri: el ateísmo tranquilo. Cabe decir que a finales del siglo XX es costoso encontrar aún a filósofos a los que la idea de dios cause muchos problemas en sus teorías, más bien, como dice Deleuze con el binomio “ateísmo tranquilo” supone una liberación, una filosofía a la que la muerte de dios o su inexistencia no supone ningún problema a la hora de sostener los fundamentos de sus tesis principales.
Cuando abordamos el pensamiento de Zubiri hemos de pensar que fue un hombre nacido en San Sebastián, todavía en el siglo XIX (1898), influido por los más importantes teólogos y filósofos (fue el primero que tradujo a nuestro idioma ¿Qué es la metafísica? de Martín Heidegger) del siglo anterior y de comienzos del XX, estudiante de teología, ordenado sacerdote con 23 años y secularizado 14 años más tarde para casarse con la que fuera la hija del eminente historiador Américo Castro. A pesar de este cambio en su vida la preocupación por dios y por lo que ello afectaba a la realidad y a la vida le impelió a crear una de las teorías más potentes, originales y abarcantes sobre la idea de realidad. Pero en esta serie pretendo dar una visión no de su idea de mundo y de la realidad sino de cómo aproximarnos al problema de dios y su relación directa con el hombre. Para ello utilizaré la bibliografía que comento al final de este escrito y que pertenece al “último” Zubiri, cuyas ideas y teorías estaban ya más maduras.
A continuación trataré de explicar la cuestión de la intelección de dios y nuestro proceso hacia él (o en él) en Zubiri según él mismo la ve en En torno al problema de Dios, subcapítulo que aparece en su obra Naturaleza, historia, Dios y, después, en la conferencia El problema teologal del hombre, dictada en 1973 en la Universidad Gregoriana de Roma. Una aproximación a dios desde ese punto gnoseológico y ontológico sí que supone una cuestión más radical e importante que la “mera” discusión sobre su existencia o no, o sobre sus características, o sobre los comportamientos de los hombres en diferentes sociedades (antropología, sociología) con respecto a esa realidad.
Dedico esta serie de posts a mi antiguo profesor José Manuel San Baldomero, cuya tesis doctoral trató sobre Zubiri y la filosofía griega. Sus clases fueron el inicio de mi interés por los asuntos filosóficos en general. 
Un saludo.
Francisco Riveira
En Estambul, Turquía.
PD: La mayor parte de lo que aquí presento fue escrito hace ya año y medio. Hoy quizá hubiese ofrecido otra perspectiva.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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